Parte 2 Lo primero que leyó fue un encabezado legal....

Entonces sonó el celular otra vez.

Un número desconocido.

Contestó casi por reflejo.

—¿Bueno?

La voz al otro lado era masculina, áspera, lenta, con esa tranquilidad escalofriante de quien no necesita gritar para hacerse entender.

—Ya salí —dijo el hombre—. Ya sé dónde está mi hijo. Y también sé que te hiciste pasar por padre mientras jugabas a ser dueño de todo. No te muevas mucho. Voy para allá.

La llamada se cortó.

Mauricio se quedó con el teléfono pegado a la oreja unos segundos más, como si la amenaza siguiera vibrando dentro del aparato aunque la línea ya estuviera muerta.

Ximena lo entendió por la expresión de su cara antes de que él dijera una sola palabra.

Se cubrió la boca.

Cerró los ojos.

Y por primera vez dejó de defenderse.

No negó nada.

No inventó otra versión.

No fingió confusión.

Solo murmuró, casi sin voz:

—No le hagas daño… por favor…

Mauricio soltó una carcajada hueca, más cerca de la locura que del humor.

—¿Yo? ¿Yo no le haga daño? ¿Después de que me usaste para criar la vida que otro hombre te dejó adentro?

La enfermera, que seguía junto a la puerta, entendió entonces que aquello ya no era solo un escándalo conyugal.

Salió sin decir nada y regresó treinta segundos después con dos guardias privados de la clínica y una supervisora médica.

La suite, que minutos antes era un escenario de lujo obsceno, se convirtió de pronto en territorio vigilado.

—Señor Villaseñor, le pedimos que abandone la habitación hasta que se estabilice la paciente —dijo la supervisora con tono cortante.

—¡Esa mujer me acaba de arruinar la vida! —bramó él, señalando a Ximena, aunque en el fondo ya sabía que la mujer que verdaderamente lo había destruido no estaba allí. Estaba en otra ciudad, junto a una niña enferma, terminando de enterrar lo que quedaba de él.

Cuando los guardias se acercaron, Mauricio retrocedió sin dignidad, con el expediente todavía abierto, el dictamen genético doblado y el pecho subiéndole y bajándole como si el aire también se negara a obedecerle.

Salió al pasillo privado tambaleándose.

Y allí, solo, por fin llamó a su padre.

Don Ernesto Villaseñor no respondió al primer timbrazo.

Tampoco al segundo.

Contestó al cuarto, con voz seca, molesta, sin saber todavía que el apellido que tanto protegió estaba a punto de arrastrarlo también a él.

—¿Qué pasa? Estoy en junta.

Mauricio habló demasiado rápido, tropezándose con cada palabra.

Embargo.

Cuentas congeladas.

Propiedades retenidas.

Sofía.

El bebé no es mío.

Ella vendió todo.

Necesito dinero ya.

Del otro lado, hubo un silencio tan largo que pareció otra llamada caída.

Luego, la voz del patriarca salió más baja, más tensa, menos invencible.

—¿Qué firmaste?

La pregunta lo atravesó como una humillación completa, porque no le estaba preguntando si estaba bien, ni qué había pasado con el niño, ni dónde estaba su esposa legítima. Le estaba preguntando cuánto daño había hecho su estupidez.

—No sé… unos papeles… una inversión… ella dijo que era para acelerar un proyecto… —murmuró.

Don Ernesto soltó una maldición que Mauricio nunca le había escuchado.

No elegante.

No contenida.

Una de hombre viejo que por fin entiende que el hijo al que preparó como heredero resultó ser demasiado vanidoso para leer una cláusula y demasiado bruto para ver lo que tenía enfrente.

—Escúchame bien —dijo el padre—. No regreses a la casa de Zapopan. No vayas a la oficina. No hables con nadie más. Tus accesos ya están bloqueados. Y si Sofía movió lo que dices, no eres la única persona en problemas.

Eso lo dejó helado.