Parte 2 Lo primero que leyó fue un encabezado legal....

—¿Cómo que no soy el único?

—Porque si usaste poderes ligados a la empresa matriz, hay exposición fiscal, patrimonial y penal. ¿Dónde estás?

Mauricio miró el pasillo, la puerta cerrada de la suite, a una enfermera pasando con un portabebés y el reflejo de su propio rostro descompuesto en el cristal del ventanal.

—En la clínica.

—Sal de ahí ahora —ordenó don Ernesto—. Te mando una camioneta. Y no lleves a esa mujer.

Esa mujer.

No Ximena.

No la madre del “heredero”.

No la amante por la que había destrozado su casa, abandonado a su hija enferma y despilfarrado millones.

Solo esa mujer.

Así de rápido se hunde el romance cuando toca pagar consecuencias con dinero real y no con promesas.

Mauricio colgó y volvió hacia la puerta de la suite.

Ximena seguía llorando, sola en la cama, con el bebé ya dormido otra vez gracias a una enfermera que lo había envuelto mejor y lo mecía con un cuidado silencioso.

La escena lo golpeó de un modo extraño.

No con ternura.

Con rechazo.

Todo aquello, que unas horas antes le parecía un trono nuevo, ahora le sabía a trampa, deuda y amenaza.

—Me voy —dijo sin entrar del todo.

Ximena lo miró con ojos enormes, rotos, como si todavía no pudiera creer que el hombre que le prometió una dinastía fuera a soltarla justo cuando se caía el techo.

—No puedes dejarme así —susurró—. Acabo de tener un bebé.

—No es mi bebé.

La frase cayó como una losa.

Ni siquiera la enfermera levantó la vista.

Seguramente ya había visto demasiados hombres convertirse en escombros frente a una cuna.

Ximena empezó a temblar.

—Me dijiste que pase lo que pase ibas a estar conmigo.

Mauricio sonrió con una crueldad gastada, una sonrisa ya no de poder sino de hombre arrinconado que necesita herir para no sentir su propio derrumbe.

—Tú también me dijiste muchas cosas.

Y se fue.

Bajó por el elevador privado con el cuello de la camisa abierto, las manos húmedas y una carpeta que cada vez pesaba más, como si dentro no llevara papeles, sino pedazos de sí mismo.

En el lobby lo esperaba una camioneta oscura de la empresa familiar.

Subió sin mirar al chofer.

Durante el trayecto a una casa de seguridad en Bosques de las Lomas, encendió el celular veinte veces y lo volvió a apagar otras veinte. No quería ver más mensajes de Sofía, pero tampoco soportaba no saber si ella seguía respirando tan tranquila mientras él se asfixiaba.

Finalmente abrió el video otra vez.

Esta vez no vio solo a su esposa.

Vio el fondo.

El hospital.

Las máquinas.

La incubadora.

Los ojos de Sofía completamente secos, como si hubiera superado ya el punto del sufrimiento donde una persona llora y entrado a ese otro lugar peor donde solo queda una decisión fría y perfecta.

Y detrás de ella, apenas un segundo, vio a su hija Valeria.

Pequeña.

Con cables.

Con la piel demasiado pálida.

Con una muñeca diminuta inmovilizada.

Sintió una punzada feroz en el estómago.

No por culpa verdadera todavía.

Sino porque por primera vez la distancia entre lo que estaba pasando en terapia intensiva y lo que él había elegido pagarle a Ximena se volvió imposible de justificar incluso ante sí mismo.

Se acordó de Valeria naciendo.

De Sofía exhausta.

De él saliendo al pasillo a hablar de negocios mientras el pediatra explicaba una malformación cardíaca con palabras que él no quiso escuchar completas porque le arruinaban la fantasía del padre perfecto.

Desde ese día, había decidido que la fragilidad de su hija era una molestia.

No una tragedia.