Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.


Parte 3: El hombre equivocado

Rodrigo corrió hacia mí.

—¿Dónde está Valeria?

Lo sujeté del cuello antes de que pudiera dar otro paso.

—Tú dime.

Las enfermeras gritaron. Víctor intentó separarnos.

Pero yo no podía detenerme.

Le estampé el pedazo de tela contra el pecho.

—¿Reconoces esto?

Rodrigo bajó la mirada hacia las iniciales bordadas.

Y palideció.

—Dios mío…

Eso me enfureció más.

—¡¿Qué le hiciste?!

—¡Yo no fui!

Le di un golpe tan fuerte que cayó contra las sillas de espera.

Rodrigo levantó las manos.

—Escúcheme, por favor… no tenemos tiempo.

Quise volver a golpearlo.

Entonces dijo algo que me congeló.

—Ellos ya deben saber que Valeria sobrevivió.

El pasillo quedó en silencio.

—¿Quiénes? —pregunté.

Rodrigo tragó saliva.

—La gente de Monterrey.

Víctor y yo intercambiamos una mirada.

Rodrigo se sentó lentamente, derrotado.

Y empezó a hablar.