Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.

Hace dos años, mientras trabajaba vendiendo equipo médico, descubrió una red de hospitales privados que compraban implantes baratos falsificados. Prótesis defectuosas. Material contaminado. Personas muriendo en cirugías simples.

La operación estaba protegida por empresarios, policías… y médicos.

—Valeria encontró documentos en mi computadora —dijo—. Quiso ayudarme.

—¿Ayudarte cómo?

—Copió archivos. Estados de cuenta. Nombres. Todo.

Sentí frío.

—¿Y quién dirige esa red?

Rodrigo levantó los ojos hacia mí.

—Un hombre llamado Esteban Robles.

El nombre me atravesó como un cuchillo.

Mi hermano mayor.

Desaparecido desde hacía quince años.

El mismo hombre con el que rompí todo contacto después de descubrir sus vínculos con lavado de dinero.

—No —susurré.

—Él mandó atacar a Valeria.