Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.

Mientras lo hacía, volvió a leer las palabras marcadas en su piel desde el espejo.

ÉL TAMBIÉN TE MINTIÓ.

—¿Sabes qué es lo peor, papá? —susurró.

—¿Qué?

—Que durante unas horas… yo también pensé que Rodrigo quería matarme.

La abracé con cuidado.

A veces las heridas más profundas no vienen de los cuchillos.

Vienen de la duda.

Rodrigo apareció en la puerta con dos cafés.

Cansado. Más viejo. Pero vivo.

Y mientras los veía juntos, entendí algo que jamás aprendí en medicina:

hay cuerpos que pueden repararse.

Familias… no siempre.