—Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.
Por eso, cuando vi al hombre que mi padrastro había arrastrado hasta el altar, con el saco manchado de grasa y tierra, el olor agrio de alcohol barato pegado a su ropa, sentí que me estaban enterrando viva.
Me llamo Valeria Cárdenas. Tengo 25 años y soy la heredera universal de Grupo Cárdenas, un imperio de bienes raíces y hotelería de lujo con propiedades desde la Riviera Maya hasta Polanco. Desde afuera, mi vida parecía perfecta. Eso creían todos. Pero después de que mi padre, don Fernando, murió en un accidente automovilístico en la carretera de La Rumorosa, entendí que la tragedia apenas había abierto la puerta.
Mi madre, rota por el dolor, se casó pocos meses después con Rodrigo Montero. Se presentó como el salvador de la familia. Sonrisa fácil. Voz calmada. Trajes impecables. Decía que iba a protegernos mientras yo aprendía a cargar el peso del apellido. Mentía.
El testamento de mi padre escondía una cláusula vieja, cruel, asquerosa: yo tenía que casarme antes de cumplir 26 años. Si no lo hacía, el control total del imperio pasaba a manos de mi tutor legal. Rodrigo.
Eso no fue lo peor.
En cuanto entendió lo que esa cláusula significaba, congeló mis cuentas con ayuda de abogados corruptos, canceló mis tarjetas y me encerró en mi propia casa en Las Lomas. El aire de la mansión olía a flores frescas y cera para muebles, pero yo solo sentía el encierro. Quería mis millones, sí, pero también quería romperme. Humillarme. Borrarme.
—Te vas a casar mañana —me dijo una noche, sirviéndose una copa de tequila extra añejo mientras el hielo chocaba contra el cristal—. Y será con la peor basura que encontré.
Sentí el mármol helado bajo mis rodillas cuando caí suplicando.
Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.