—Por favor, no me hagas esto.
Me tomó del cabello con una fuerza que me hizo arder el cuero cabelludo.
—Cállate. Si haces un solo escándalo, tu hermanito Diego se queda sin tratamiento. Una llamada mía, y lo sacan del área de oncología del Hospital ABC.
Ahí dejé de pelear. Diego tenía ocho años. Y yo ya sabía que Rodrigo hablaba en serio.
La boda fue una farsa montada en una parroquia de Coyoacán. Afuera y adentro había periodistas, políticos, empresarias, gente de esa clase de personas que fingen rezar mientras esperan el escándalo. Yo llevaba un vestido de diseñador de cuatrocientos mil pesos. Pesaba como una armadura mojada. Las luces, el incienso, los murmullos, el roce áspero del encaje contra mi piel. Todo me daba náuseas.
La gente susurraba sin bajar la voz.
—¿Esa es Valeria?
—Qué vergüenza.
Frente al altar estaba Damián. O eso me habían dicho. Un vagabundo rescatado de debajo de un puente por la Merced. Un hombre que, según Rodrigo, comía de la basura y olía a perro muerto. Su cabello sucio y la barba enredada le tapaban la cara. Varias mujeres en las primeras filas se cubrieron la nariz con pañuelos perfumados.
Desde su asiento de honor, Rodrigo sonreía como si ya hubiera ganado.
Caminé hacia el altar con las piernas temblando. No podía mirarlo. No quería. Pero cuando quedé frente a él, algo me obligó a levantar la vista.
Y entonces lo vi.
A través de aquel telón de cabello grasiento, sus ojos se clavaron en los míos. No eran los ojos perdidos de un hombre destruido. No eran ojos vacíos. Eran fríos. Precisos. Despiertos. Ojos de alguien que estaba midiendo la distancia entre todos los presentes y la salida.
El poder no siempre lleva un apellido limpio. A veces llega disfrazado de ruina, esperando el segundo exacto para dar vuelta a todo.
Mi respiración se cortó. Porque en ese instante entendí que Rodrigo no era el único que había preparado esa ceremonia. Damián también había llegado con un plan. Y no estaba allí para salvarme de una humillación pequeña. Estaba allí por algo mucho más grande.
A mi izquierda, Lucía, la enfermera de mi hermano, apretó el rosario entre los dedos sin apartar la vista del altar. Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
El sacerdote empezó a hablar. Rodrigo se acomodó en su banca. Los periodistas levantaron sus teléfonos. Y Damián, sin dejar de mirarme, llevó una mano al cuello de su camisa sucia.
Entonces empezó a quitarse la ropa en pleno altar.
Esta es solo una parte de la historia. La siguiente parte está en el comentario de abajo.
Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.