Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.

Parte 2

El primer botón cayó al suelo de mármol con un sonido seco que atravesó toda la iglesia.

Nadie respiró.

El sacerdote se quedó congelado con la Biblia abierta. Los periodistas levantaron aún más sus teléfonos. Una mujer soltó un jadeo escandalizado desde la tercera fila.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué demonios…? —murmuró.

Damián no respondió. Siguió desabotonando lentamente aquella camisa sucia y manchada, como si todo estuviera ocurriendo exactamente como él lo había planeado.

Yo apenas podía moverme.

Entonces la tela cayó.

Debajo de la ropa mugrosa no había un mendigo.

Había un hombre distinto.

El pecho marcado por cicatrices antiguas. La espalda recta. Un chaleco negro ajustado al cuerpo. Y, sujeto bajo el brazo, un pequeño auricular transparente como los que usan los equipos de seguridad privada.

El murmullo dentro de la iglesia explotó.

—¿Quién es ese?
—¿Qué está pasando?
—Eso no puede ser…

Rodrigo se puso de pie de golpe.

—¡Siéntate, imbécil! —gritó—. ¡Termina la ceremonia!

Pero Damián lo ignoró.

Lentamente levantó la mano hacia su barba… y tiró de ella.

La barba falsa cayó frente al altar.

Después se apartó el cabello grasiento: también era una peluca.

Varias personas gritaron.

El hombre frente a mí era joven. Elegante incluso debajo de toda aquella actuación. Tenía la mandíbula firme, los ojos oscuros y una calma peligrosa que hizo que mi corazón golpeara con fuerza.

Lo reconocí un segundo después.