Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.

Una risa real.

Libre.

Entonces él levantó la mano y apartó con cuidado un mechón de cabello de mi rostro, como si tuviera miedo de romperme.

Pero yo ya no estaba rota.

Rodrigo había querido enterrarme viva.

Y al final, sin saberlo, me entregó al único hombre capaz de sacarme de entre los escombros.