Una risa real.
Libre.
Entonces él levantó la mano y apartó con cuidado un mechón de cabello de mi rostro, como si tuviera miedo de romperme.
Pero yo ya no estaba rota.
Rodrigo había querido enterrarme viva.
Y al final, sin saberlo, me entregó al único hombre capaz de sacarme de entre los escombros.