Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces te infiltraste para vengarlo.

—No solo por él.

Sus ojos encontraron los míos.

—También por ti.

El corazón me golpeó tan fuerte que tuve que apartar la mirada.

Porque entendí algo peligroso.

Durante semanas me había acostumbrado a su presencia. A su voz grave en los pasillos. A la forma en que siempre revisaba dos veces las cerraduras antes de dormir. A cómo Diego sonreía cada vez que él aparecía.

Damián se había convertido en hogar.

Y eso me aterraba más que cualquier otra cosa.

—La boda nunca fue legal —dijo de pronto—. La anulé esa misma noche.

No supe por qué esa noticia me dolió un poco.

Quizá él lo notó, porque se acercó lentamente.

—Pero si quieres… podemos intentarlo de verdad algún día.

Mi respiración se detuvo.

La lluvia seguía cayendo alrededor. El mundo entero parecía haberse quedado lejos de esa terraza.

—¿Y esta vez también vendrás disfrazado de vagabundo? —pregunté intentando sonreír.

Damián soltó una carcajada suave.

—Solo si tú vuelves a usar ese vestido de cuatrocientos mil pesos.

Me reí por primera vez en mucho tiempo.