PARTE 1
—Si la llevas al hospital por sus dramas, no esperes que yo pague un solo peso.
Héctor soltó esa frase mientras mi hija Valeria, de quince años, estaba doblada en el baño, con la frente pegada al lavabo y una mano apretándose el abdomen como si algo por dentro la estuviera partiendo.
Yo me llamo Marisol, y esa noche entendí que una casa puede tener paredes limpias, cortinas planchadas y fotos familiares en la sala… y aun así ser un lugar peligroso.
Valeria llevaba casi tres días vomitando. Primero dijo que era por algo que comió en la escuela. Luego empezó la fiebre. Después dejó de comer, dejó de hablar y comenzó a caminar encorvada, pegándose a las paredes para no caerse.
—Está exagerando —decía Héctor—. Siempre que hay examen se enferma.
Pero cuando la vi escupir saliva con sangre, sentí que se me helaba la espalda.
—Tenemos que llevarla a urgencias —le dije.
Él me arrebató el termómetro de la mano.
—No seas ridícula, Marisol. Tú la vuelves débil con tus consentimientos.
Yo bajé la voz. Como siempre. Porque durante años aprendí que en esa casa la paz dependía de no contradecirlo demasiado.
Pero esa madrugada Valeria se desmayó.
La encontré tirada junto a la regadera, pálida, sudada, con el celular apretado contra el pecho. Sus labios estaban secos y sus ojos apenas podían abrirse.
—Mamá… no le digas a papá —murmuró.
Eso me rompió más que verla en el piso.
Mi hija no tenía miedo del dolor. Tenía miedo de que su padre despertara.
Esperé a que Héctor roncara. Guardé unos billetes que tenía escondidos entre toallas, tomé una chamarra y salimos por la puerta de atrás sin prender la luz.
En el taxi, Valeria apoyó la cabeza en mi hombro.
—Si se entera, se va a poner peor.
—Ya no importa —le dije, aunque las manos me temblaban.