Llegamos al Hospital General antes del amanecer. Una enfermera la vio caminar doblada y la pasó de inmediato.
—¿Desde cuándo está así?
—Tres días —respondí.
La enfermera me miró con coraje contenido.
El doctor le tocó el abdomen y Valeria gritó tan fuerte que todos en urgencias voltearon.
—Necesito ultrasonido y análisis ahora —ordenó—. Señora, ¿la niña tomó algo? ¿Algún medicamento? ¿Alguna sustancia?
—No. Solo té, paracetamol… nada más.
Valeria me apretó la mano con una fuerza extraña.
El doctor lo notó.
—Necesito hablar con ella a solas.
—Soy su mamá.
—Lo sé. Pero es importante.
Valeria negó con la cabeza, llorando.
—No, por favor.
Me sacaron al pasillo. Mi celular empezó a vibrar.
Héctor.
Quince llamadas perdidas.
Luego un mensaje:
“¿Dónde están?”
Después otro:
“Si hiciste la estupidez de llevarla al hospital, te vas a arrepentir.”
Me quedé mirando la pantalla y, por primera vez, no sentí culpa. Sentí asco.
Veinte minutos después, el doctor salió. Su cara ya no era de preocupación: era de rabia.
—Señora Marisol, su hija necesita cirugía urgente.
Sentí que las piernas se me aflojaban.
—¿Cirugía? ¿Qué tiene?
—Una infección avanzada. Probablemente apendicitis complicada. Si esperaban más, podía ser mortal.
Me tapé la boca.
—Dios mío…
El doctor bajó la voz.
—Pero también encontramos señales de golpes. Algunas recientes.
No entendí. O no quise entender.
—¿Golpes? ¿Como de una caída?
Él no contestó de inmediato.
Y entonces, desde recepción, escuché la voz de Héctor.
—Soy su padre. Quiero ver a mi hija ahora.
El doctor me miró fijo.
—Necesito saber algo: ¿Valeria está segura si él entra?
Antes de que pudiera responder, mi hija gritó desde el consultorio:
—¡No lo dejen pasar! ¡Él sabe por qué me duele!
Y en ese momento supe que lo que venía era imposible de creer…