PARTE 2
Héctor se quedó inmóvil en recepción.
Traía una chamarra sobre la pijama, el cabello despeinado y esa mirada dura que usaba cuando quería que todos se sintieran culpables menos él.
—Está delirando —dijo—. Tiene fiebre. Marisol, dile que deje de inventar.
Antes, yo habría intentado calmarlo. Habría dicho “no hagas escándalo”. Habría buscado la forma de que no gritara frente a todos.
Esa vez no.
El doctor se plantó frente a él.
—Señor, no puede pasar.
—Soy su padre.
—Y la menor acaba de decir que no quiere verlo.
Héctor soltó una risa seca.
—¿Ahora una niña manda más que su papá?
Dos guardias se acercaron. Una trabajadora social también. Se llamaba Miriam y hablaba con una calma que me sostuvo cuando yo ya no podía ni respirar.
—Se activó protocolo de protección a menores —dijo ella.
Héctor me clavó los ojos.
—Esto lo vas a pagar.
Saqué el celular y empecé a grabar.
—Repítelo.
Su cara cambió. Por primera vez, entendió que yo ya no estaba obedeciendo.
El doctor abrió la puerta del consultorio.
—Tenemos que llevar a Valeria a quirófano ya.
Corrí hacia ella. Estaba en una camilla, con una vía en el brazo y la cara bañada en lágrimas.
—Mamá, no me dejes con él.
—Nunca más, mi amor.
Valeria me sujetó los dedos.
—Él me pegó.
Todo se quedó en silencio dentro de mí.
—¿Cuándo?
—El martes. Me oyó decirle a la orientadora que quería hablar contigo. Cuando llegué a la casa, me jaló de la mochila y me aventó contra la mesa. Me dio aquí —se tocó el vientre—. Me dijo que si te contaba, iba a decir que yo estaba loca.
La camilla empezó a moverse.
—¿Por eso no querías venir?
—Dijo que si iba al hospital, iba a decir que me drogué.
La puerta del quirófano se acercaba. Yo apenas podía caminar.
—Mamá… mi celular —susurró—. En notas. Carpeta azul. Contraseña: mi cumpleaños.
Luego se la llevaron.
Me quedé afuera con su mochila entre las manos.
Héctor seguía discutiendo en recepción. Decía que yo era una exagerada, que Valeria estaba manipulada, que todo era una escena para perjudicarlo.
Una escena.
Mi hija estaba entrando a cirugía y él seguía defendiendo su orgullo.
Me senté en una silla de plástico y abrí el celular.
La carpeta azul estaba llena.
Fotos de moretones en brazos.
Capturas de mensajes.
Audios.