Notas escritas como si cada palabra hubiera sido escondida con miedo:
“Si algo me pasa, fue Héctor.”
“Mi mamá no sabe porque él cambia cuando ella entra.”
“Me duele desde que me empujó contra la mesa.”
“No estoy inventando.”
“Solo quiero que mi mamá me crea.”
Me temblaban tanto las manos que casi dejé caer el celular.
Había un audio grabado dos días antes. Lo reproduje.
Primero se oyó la voz de Héctor, baja, venenosa.
—Tú no vas a destruir esta familia, Valeria. Tu mamá no tiene a dónde ir sin mí.
Luego un golpe.
Después el llanto ahogado de mi hija.
—Me duele…
Y Héctor respondió:
—Pues aprende a cerrar la boca.
Miriam se sentó junto a mí.
—No borre nada. Esto es evidencia.
—No voy a borrar nada.
—¿Tienen dónde quedarse?
Pensé en mi hermana Lucía, en Iztapalapa. Su departamento era pequeño, pero su corazón nunca me había cerrado la puerta.
—Sí.
—Entonces usted y su hija no regresan con él.
Yo miré hacia Héctor. Seguía hablando como si su voz pudiera comprar la verdad.
La cirugía duró más de tres horas. Cuando el doctor salió, yo me levanté casi cayéndome.
—Está viva —dijo primero.
Lloré sin hacer ruido.
—Tenía el apéndice perforado. La infección ya se estaba extendiendo. Además encontramos lesiones que no corresponden a una caída común.
Héctor gritó desde el pasillo:
—¡Mentira!
El doctor no lo miró.
—Todo quedó documentado.
Una agente del Ministerio Público se acercó. Miriam le entregó información. Yo le di el celular de Valeria con audios, fotos y mensajes.
Héctor intentó caminar hacia mí.
—Marisol, vámonos. Ahora.
Lo miré como si lo viera por primera vez. Aquel hombre había partido pasteles, había sonreído en fotos de Navidad, había llevado a Valeria a la primaria. Pero esa noche ya no vi a mi esposo.
Vi al hombre que mi hija temía más que a morir.
—No —dije.
Él soltó una carcajada.
—¿No? ¿Y con qué vas a vivir? ¿Con tus suelditos? ¿Con la lástima de tu hermana?
La agente se colocó frente a él.
—Señor Héctor Salgado, acompáñenos.
—¿Por una rabieta de niña?
—Por amenazas, posibles lesiones y lo que resulte.