Emma era divertida de una forma inesperada. Tenía observaciones precisas sobre la gente, historias absurdas de sus estudiantes y una manera de escuchar que hacía sentir importante cualquier cosa que uno dijera.
Y cuanto más hablábamos, más claro veía algo:
La gente de aquella mesa ni siquiera se había molestado en conocerla.
Solo habían visto su cuerpo.
Habían decidido quién era antes de escuchar una sola palabra.
Cuando la acompañé a su coche, eran casi las dos de la mañana.
—Bueno —dijo ella—. Supongo que esta fue la cita a ciegas menos horrible de mi vida.
—Qué honor tan específico.
Ella rió otra vez.
Y antes de entrar al coche, me miró con una expresión distinta. Más suave.
—Para ser sincera —dijo—, cuando te vi entrar pensé que ibas a avergonzarte de sentarte a mi lado.
Eso me dolió más de lo que debería.
Porque significaba que esperaba ser rechazada.
Que ya había aprendido a anticiparlo.
—Emma —dije despacio—. Ellos fueron los que deberían sentirse avergonzados esta noche.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos unos segundos.
Y luego sonrió.
No por educación.
No por defensa.
Una sonrisa real.
Después se fue.
Y yo me quedé ahí, viendo cómo desaparecían las luces de su coche, con una sensación extraña en el pecho.
Como si algo importante acabara de empezar.