Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.


Parte 4 Final: Lo que un padre nunca olvida

Los gritos comenzaron en recepción.

Víctor corrió hacia el generador eléctrico mientras yo empujaba a Rodrigo contra la pared.

—¿Cuántos vienen?

—No lo sé —dijo jadeando—. Pero si Esteban está aquí, no dejará testigos.

Las luces de emergencia tiñeron el pasillo de rojo.

Parecía un quirófano lleno de sangre.

Tomé un bisturí del carro de procedimientos. Viejos reflejos. Viejos instintos.

Rodrigo me miró sorprendido.

—¿Piensa pelear con eso?

Lo observé fijamente.

—Pasé treinta años aprendiendo exactamente dónde cortar a un hombre para detenerlo.

Subimos hacia terapia intensiva.

Cada paso que daba sentía el corazón retumbando más fuerte.

Cuando llegamos al cuarto de Valeria, la cama estaba vacía.

Por un segundo pensé que habían llegado antes.

Entonces escuché la voz de Víctor detrás de nosotros.

—Está segura. La moví al quirófano tres.

Respiré otra vez.

Pero duró poco.

Una figura apareció al final del corredor.

Elegante. Tranquila. Bastón negro. Cabello gris.

Esteban Robles.