No por haberlo visto antes… sino porque mi padre me había hablado de él años atrás.
“Si algún día las cosas se salen de control, busca a Damián Alcázar.”
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Rodrigo también lo reconoció.
Y por primera vez desde que ese hombre había entrado en nuestras vidas… lo vi tener miedo.
—Tú estás muerto —susurró.
Damián sonrió apenas.
—Eso mismo querías que todos creyeran.
Dos hombres vestidos de invitados se levantaron entre las bancas. Luego otros tres. Y otros más cerca de las puertas.
Seguridad.
No de Rodrigo.
De Damián.
Los periodistas empezaron a grabar desesperados mientras Rodrigo retrocedía lentamente.
—¿Qué es esto? —rugió—. ¡¿Qué clase de teatro montaste?!
Damián metió la mano dentro del saco roto y sacó una carpeta gruesa.
La dejó frente al sacerdote.
—Pruebas de lavado de dinero, desvío de fondos, sobornos a jueces y tentativa de homicidio contra Fernando Cárdenas.
El mundo se detuvo.
Mi padre.
Tentativa de homicidio.
Rodrigo palideció.
—Estás loco.
—No —respondió Damián—. Pero llevo tres años esperando este momento.
Mi cuerpo entero temblaba.
—¿Mi padre… no fue un accidente? —pregunté con la voz rota.
Damián me miró directamente.
Y esa vez sus ojos dejaron de parecer fríos.
Parecían tristes.
—No, Valeria. Lo mandaron matar.