Te vas a casar mañana, princesita. Y ni sueñes que será con alguien de tu mundo.

El grito de mi madre resonó desde las primeras filas.

Rodrigo intentó correr.

No llegó lejos.

Las puertas de la iglesia se abrieron de golpe y agentes de la fiscalía entraron armados.

—¡Rodrigo Montero, queda detenido!

Todo explotó en caos.

Los periodistas corrían. Los flashes cegaban. Mi madre lloraba desconsolada. Rodrigo gritaba insultos mientras lo esposaban.

Y yo…

Yo seguía inmóvil frente al altar, mirando al hombre que había aparecido disfrazado de ruina para destruir el infierno donde me tenían encerrada.

Damián dio un paso hacia mí.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Pero necesitaba entrar cerca de él sin levantar sospechas.

—¿Quién eres realmente?

Hubo un silencio breve.

—El hombre al que tu padre le salvó la vida hace quince años.

Y entonces entendí.

Él no había venido por dinero.

Había venido por una deuda.