Parte 3 Final
Tres meses después, el apellido Montero había desaparecido de todos los directorios empresariales del país.
Rodrigo enfrentaba cargos federales. Las cuentas ocultas habían sido congeladas. Varios políticos cayeron con él. Y la investigación sobre la muerte de mi padre se convirtió en noticia nacional.
Pero nada de eso era lo que más me importaba.
Diego seguía vivo.
El tratamiento funcionaba.
Y por primera vez en años, podía dormir sin escuchar pasos vigilándome afuera de mi habitación.
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de la casa en Valle de Bravo cuando encontré a Damián en la terraza.
Siempre hacía eso cuando no podía dormir: quedarse mirando el lago como si estuviera esperando algo.
O huyendo de algo.
Me acerqué en silencio.
—Sigues pensando en irte, ¿verdad?
Él soltó una risa baja.
—Soy mejor desapareciendo que quedándome.
El viento movió ligeramente su camisa negra. Ya no había suciedad ni disfraces. Pero las cicatrices seguían ahí.
Algunas nunca desaparecen.
—Mi padre confiaba en ti —dije.
Damián guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Tu padre me encontró robando comida cuando tenía diecisiete años. Todos querían meterme preso. Él me dio trabajo.
Bajó la mirada.
—Después descubrió quiénes eran los hombres para los que trabajaba Rodrigo. Cuando quiso sacarte a ti y a Diego del peligro… ya era tarde.